Lava el calabacín, rállalo sobre un paño fino de algodón y apriétalo bien para eliminar la mayor cantidad posible de agua. Reserva.
Pon la levadura en una taza, añade la leche tibia y remueve hasta que se disuelva.
Vierte en un bol las dos harinas, el calabacín rallado y escurrido, el queso parmesano, la sal, la leche con la levadura, el aceite y el agua. Mezcla hasta integrar todos los ingredientes y amasa hasta obtener una masa homogénea.
Forma una bola, ponla en un bol, cubre con un paño o film y deja fermentar en un lugar templado hasta que duplique su volumen. En mi caso necesitó aproximadamente dos horas.
Terminada la primera fermentación, espolvorea ligeramente la mesa con harina y vuelca la masa. Desgasifica con suavidad, forma un rectángulo y enróllalo sobre sí mismo.
Coloca la masa en el molde, píntala con un poco de agua y reparte las semillas por la superficie. Cubre y deja fermentar unos 40 minutos o hasta que haya aumentado visiblemente de volumen.
Hornea en el horno precalentado a 180 °C, con calor arriba y abajo, durante aproximadamente 55 o 60 minutos.
Finalizado el horneado, deja reposar el pan dentro del molde durante 10 minutos. Después, desmóldalo y pásalo a una rejilla hasta que se enfríe por completo.
Una vez frío, córtalo en rebanadas y sírvelo a tu gusto.