El colofón de nuestro viaje francés no fueron más ensaladas, sino como viene siendo habitual una buena incursión gastronómica en las entrañas del país visitado. Era nuestra segunda intentona, la primera resultó fallida y habíamos buscado cuidadosamente el restaurante, así que a este fuimos un poco por carambola y sonó la flauta. Habíamos llegado un rato antes a Domme, un pueblo pequeño situado en el Perigor Noir al sur de Francia y ese restaurante del que lamentablemente olvidé su nombre nos pareció apetecible sobre todo por su sombreada terraza pero en ningún momento imaginamos que tuviese una cocina tan elaborada y espectacular. Yo me comí el solomillo con salsa de trufas que estaba, uhmmmmmmmmmmmmm, DI VI NO!!

También probé el magret relleno de foie por el que se podría cometer un asesinato gastronómico.
El vino rose heladito resulto un estupendo acompañamiento.
Los quesos franceses me parecen pelín fuertes, pero tampoco les hice ascos. Ayyyyyyyyy lo que tiene el que a una le guste comer.
La bomba vino con los postres, a la vista de lo espectacular de los platos degustados decidimos apostar por «Postres de la casa» y fue…. LA BOMBAAAAAAAAAAA. ¿Os imagináis que os pongan 6 postres para cada uno? es que no es que estuvieran deliciosos, nooooooo, lo siguienteeeeeee. Os cuento, uno era sorbete de sandía, otro crema catalana sobre lecho de chocolate, otro arroz con leche y gelatina de naranja, otro helado de no recuerdo qué, pero riquísimo, un trozito de tarta de queso y otro de tarta de almendra. Un broche de oro para un viaje maravilloso. Esa tarde, después de un reparador descanso bajo la sombra cobijadora de unos nogales, emprendimos regreso.

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